lunes, 15 de noviembre de 2010

La argentina en el futuro.

Para tratar de imaginar un futuro tenemos que analizar el presente. Y si volteamos y observamos a nuestro alrededor, el futuro no parece ser nada prometedor. Nuestros niños, que son los que van a construir nuestro futuro, están cada vez más relegados.
Son unos pocos los que tienen acceso a cuatro comidas diarias, ropa de abrigo, un techo, una cama cómoda para dormir, atención médica y una educación digna.

Hoy en día en todo barrio hay un comedor infantil, en el cual muchas familias se aseguran por lo menos una de las comidas. Muchos de ellos no tienen abrigo, y casi ninguno medias, esto les garantiza la adquisición de enfermedades, que por supuesto no podrán ser atendidas correctamente puesto que el hospital público está en decadencia sin personal, sin insumos y con un desborde de pacientes realmente notorio.

Sin trabajo, es imposible acceder a una vivienda digna. Los padres y las madres son cada vez más jóvenes, debido a la falta de educación y al abandono por parte de sus propios padres.
Las escuelas públicas dan lástima. Los contenidos que dictan no llegan ni a la mitad de los que se dan en una privada. Y no cualquiera tiene acceso a la educación privada. Los valores ya no se transmiten en casa ni tampoco en la escuela. ¿Por qué esta diferencia? Porque las escuelas públicas tienen que evitar la deserción escolar y la repitencia. Entonces nivelan para abajo, a fin de no frustrar a los niños que no pueden alcanzar un nivel superior. Pero ¿por qué nuestros niños no alcanzan un nivel superior? Porque no están bien alimentados, porque tienen realidades familiares en algunos casos terribles y no cuentan con una asistencia profesional que los ayude a crecer y a progresar aceptando su realidad. En ocasiones no son asistidos por sus padres, por motivos laborales o por abandono voluntario. Las universidades dan pena. Los secundarios son totalmente inservibles. Nuestro egresados entran con todas sus ilusiones en una universidad que parece estar muy lejos de sus posibilidades. Y todas las ilusiones se caen debajo de un “no voy a aprobar jamás”, que por supuesto los lleva a abandonar los estudios para dedicarse a una vida de vagancia, adicciones y en algunos casos delincuencia. 


Sabiendo que si enferman no tienen garantizada la atención médica porque los hospitales no tienen personal, no tienen materiales, las condiciones edilicias son paupérrimas, y en muchos casos las salas están saturadas de pacientes, aún sin tener la cantidad de camas necesarias.
Los niños crecen inmersos en esta realidad actual y luego tendrán hijos a los que les enseñarán que esto es lo que les toca. Se los cría pensando que esta realidad es la única a la que pueden aspirar. Viven en la calle y aprenden a sobrevivir con la ley de la jungla, donde siempre sobrevive el más fuerte. Entonces se forma un enorme círculo vicioso que nos pronostica un futuro incierto, con hombres y mujeres marginados de la sociedad.
Pero todo hace pensar que esto es así por una razón: en la necesidad hay una fuente inagotable de recursos para los que “venden”. Y hoy en día la política se ha transformado en una especie de transacción comercial, donde, como en toda venta, debe apuntarse a las necesidades del mercado. Y el “mercado” necesita comida, ropa, educación...
Es horrible pensar que la miseria, el hambre y el analfabetismo son los pilares de nuestra política. Pero de de no ser así, quienes nos gobiernan y nos han gobernado hubieran hecho algo al respecto. Hubieran promovido el trabajo, la inserción laboral de nuestros jóvenes, la educación en valores y contenidos, la salud de nuestros niños, el futuro; y de nuestros mayores, nuestra historia.
La demagogia se ha instalado al igual que el clientelismo y todo hace pensar que desde los planos más altos de la política argentina se sigue trabajando para ello. De otra forma no se explica por qué dos sectores fundamentales como es el de la educación y la salud están tan olvidados.



¿Hacia dónde apuntan todas estas fallas? Definitivamente todo nos conduce a una terrible afirmación: Al gobierno le conviene tener gente con hambre, con enfermedades, con carencias porque es allí donde estarán los votos en las elecciones”
Esta situación es preocupante ya que desgraciadamente cada vez es más la gente que está por debajo de la línea de la pobreza. Y aún más los que, sin ser indigentes, no pueden darles a sus hijos la educación que merecen.
Entonces…… ¿Qué podemos hacer entonces para contrarrestar esta situación? No es nada fácil la respuesta, principalmente teniendo en cuenta el grado de compromiso que implica por parte de todos y cada uno de nosotros. Simplemente... manos a la obra.

Si de verdad nos interesa cambiar el futuro de nuestros hijos tenemos que arremangarnos y ponernos a trabajar. En nuestras manos está el poder de cambiar las cosas.
Aún concientes del hecho que en algunos casos la precariedad es una “inversión” a largo plazo, como los asentamientos de Retiro, también es cierto que en otros es la única salida. Tenemos que ayudar a esa gente y demostrarles que pueden aspirar a más.
Tenemos que educar a nuestros niños en la cultura del trabajo y no en la de la asistencia social. Crecerán esperando que les den algo que por derecho propio deben poder conseguir ellos mismos.
Tenemos que ayudar al de al lado para que pueda conseguir lo que necesita proporcionándole las herramientas para hacerlo, no dándole las cosas servidas. Eso genera una dependencia que luego es difícil erradicar, como el caso de los piqueteros.
 Tenemos que darnos cuenta que los miles de millones que se invertirán en la campaña política de octubre, podrían invertirse en nuevas fuentes de trabajo que no se agoten cada cuatro años.
¿Qué mejor elección ganada que la de un pueblo culto y pensante que vota con sabiduría y responsabilidad? ¿Cómo puede un gobernante sentirse orgulloso de haber sido elegido por bolsas de alimento u obsequios? ¿Qué clase de poder puede llegar a detentar?
Tenemos que entender y hacer entender que un estado paternalista está atado a la asistencia social y no puede crecer.
Cuando hayamos comprendido esto, podremos empezar a cambiar las cosas, para que nuestros hijos vean que no nos quedamos de brazos cruzados mientras veíamos cómo unos pocos dilapidaban su futuro
En nosotros, los padres de hoy, los brazos jóvenes, las espaldas fuertes, está el poder de cambiar las cosas. Solo tenemos que pensar en lo que realmente queremos para nuestros hijos y para nuestra bendita nación.


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